Blog Semillas bajo la niebla del Cumbal: crónica de una casa de vida
El municipio de Cumbal, al sur de Colombia, es testigo de una poderosa transformación comunitaria alrededor de la salvaguarda de semillas autóctonas, apoyada por investigadores de la Alianza Bioversity & CIAT.
Al amanecer, el volcán Cumbal se muestra como un coloso silencioso. Un aliento frío baja desde sus laderas, y la neblina, esa vieja guardiana del páramo, se posa sobre los cultivos como un telón que asciende y desciende con el pulso del día. En el patio de un colegio técnico agropecuario, en el municipio de Cumbal, Nariño (al sur de Colombia), una llave abre una puerta y revela la escena más poderosa de todo paisaje agrícola: estantes de madera, frascos rotulados, semillas que han viajado por generaciones y que descansan, por fin, en su casa de semillas.
La llaman Yar Pue Cumbe, “casa de semillas” en lengua pasto. No es solo un nombre hermoso; es una definición precisa de la función que cumple en el territorio. Allí, la diversidad agrícola vuelve a respirar como si la hubieran rescatado del olvido. Papas criollas de pieles amarillas, rojas, moradas; habas que huelen a pan recién horneado cuando germinan; quinua que reluce al sol; ollucos que se aferran a los calendarios de lluvia; papayuela, trigo, maíz, plátano y tomate de árbol. Todo cabe en esta casa que organiza, conserva y comparte.
A cargo del banco comunitario, en el Instituto Educativo Técnico Agropecuario Indígena Cumbe, hay un equipo comprometido. El profesor Esteban Gangotena, coordinador del banco de semillas, recorre los estantes con la mirada de quien lee una biblioteca viva. Cada frasco tiene una historia, cada etiqueta un hilo que conduce a una familia, a una parcela, a una práctica de cultivo transmitida como un consejo de abuelos. Junto a él, el rector Jorge Humberto Chirán ha acompañado la consolidación de este espacio que no solo almacena semillas, sino que también mantiene una colección viva de papas al interior del colegio: estudiantes sembrando, midiendo y aprendiendo del cultivo; profesores enseñando que la ciencia se hace también con las manos en la tierra.
El profesor Esteban Gangotena en el Banco Comunitario de Semillas “Yar Pue Cumbe”. Foto: CIAT/JL Urrea
Hoy este proceso florece con el impulso del proyecto “Biodiversidad para Ecosistemas Resilientes en Paisajes Agrícolas” (B-REAL), de la Alianza Bioversity & CIAT, que apoya la conservación de semillas nativas mediante una red de bancos comunitarios. El banco principal en la Institución Educativa integra una red de nueve bancos nodales que se extiende por el resguardo y abraza, como un collar de vida, el contorno del volcán. Son estaciones de conocimiento, puntos de encuentro para el intercambio de variedades, la custodia de los saberes y el futuro de la alimentación de la comunidad.
Volver a mirar a la tierra
La historia no empezó aquí. Viene de más atrás, del día en que la comunidad recuperó sus tierras de manos de quienes habían acaparado y alterado el paisaje. Las laderas una vez llenas de pastos y cercas se reconvirtieron, poco a poco, en un mosaico de shagras (huertas familiares) con vocación productiva y criterio agroecológico, ricas en asociaciones de cultivos y en biodiversidad útil. Volver a plantar papa, maíz, cereales andinos, hortalizas y frutales implicó resignificar costumbres y, sobre todo, entender que alimentarse no es solo contar calorías, sino sostener una memoria cultural.
Estudiantes y docentes trabajando en la colección viva de papas al interior de la institución educativa. Foto: CIAT/JL Urrea
La familia Alapa-Cumbalza muestra con orgullo su vivero donde conserva y multiplica una gran variedad de especies florales y aromáticas. Foto: CIAT/JL Urrea
Cuando se camina una shagra bien hecha, la vista no descansa. Hay flores que atraen polinizadores, hay plantas aromáticas que espantan plagas, hay surcos de tubérculos que alimentan suelos y familias. Bajo esa quietud aparente, la trama ecológica es intensa: raíces que se entrelazan, hongos benéficos que hacen puente de nutrientes, insectos útiles que patrullan por la mañana y descansan en la tarde. Y todo funciona porque las semillas nacieron en este clima y aprendieron a resistir su rigor.
Las especies que el mercado olvidó
Uno de los frutos más valiosos de B-REAL es el rescate de especies olvidadas y subutilizadas: cultivos tradicionales desplazados por la agricultura comercial, pero esenciales para la alimentación, la salud, la cultura y la resiliencia climática. Lo “subutilizado” no es sinónimo de menor valor; muchas veces es lo contrario. En ambientes fríos y de altura, la papa criolla y el olluco conservan suelos y alimentan familias con diversidad de sabores y micronutrientes. La quinua y la cebada aportan proteína vegetal, fibra y adaptabilidad en medio de un clima tan cambiante. El tomate de árbol ofrece vitamina C, colores vibrantes en el mercado local y usos culinarios que se transmiten en cada casa. Cada cultivo trae consigo prácticas de manejo, recetas, historias. Recuperarlas no es una nostalgia romántica: es una estrategia de adaptación.
"Muchos de estos son cultivos olvidados por la investigación, el gobierno, y los extensionistas; y subutilizados porque solamente los utiliza la gente en el campo, y no los conocen en la ciudad. Hay cerca de 150 tipos de plantas, por ejemplo, muchas de ellas silvestres que la gente los cosecha en el bosque, al lado de la carretera, o en cualquier lugar, y muchas de ellas tienen propiedades medicinales o un alto valor nutricional”
Ronnie Vernooy
Senior Scientist, Genetic Resources and Seed PoliciesEn el banco de semillas, la conservación no es un fin en sí mismo. Es el puente hacia la siembra y el consumo. Las semillas se multiplican en parcelas de aprendizaje; se evalúan por vigor, sanidad, sabor y rendimiento; se intercambian en ferias de semilla donde circulan como moneda de confianza. La ciencia que acompaña este proceso (desde la catalogación hasta los ensayos de campo) funciona mejor cuando está tejida a las decisiones de quienes siembran y cocinan. Por eso el banco es también un aula: cuadernos con registros de ciclos, mapas de parcelas, tablas sencillas que comparan variedades, carteles con nombres que se pronuncian en voz alta para recordarlos.
Lote de variedades de papas marcadas por los estudiantes, cuyos nombres vienen de su apariencia, color y textura que la misma comunidad experimenta. Foto: CIAT/MA Lopez
Yarpuram: casa de vida y orgullo territorial
Para que el esfuerzo de conservar no se quede en la bodega, el proyecto impulsa cadenas de valor y fuentes alternativas de ingreso. De ese impulso nació Yarpuram, una iniciativa de turismo rural con enfoque en agrobiodiversidad. Su nombre significa “casa de vida” y es una declaración de principios: esta casa no se mira, se vive. Se camina, se come, se escucha, se aprende.
En una de las rutas de Yarpuram, el visitante llega al hospedaje rural “Yarilla” (casa de luz), donde Luz Marina Cuaical abre la puerta con la calidez que solo puede ofrecer quien está orgullosa de su lugar. Aquí el turismo es un acto de inmersión. Es levantarse temprano para cosechar en las shagras, sentir el peso de la tierra húmeda en la mano, preparar y cocinar con ingredientes locales, y deslumbrarse con la diversidad que no cabe en un menú estándar. La sopa de quinua no se sirve, se cuenta; cada grano guarda un relato de siembra.
Luz Marina muestra la diversidad de cosecha de su shagra. Foto: CIAT/JL Urrea
Más adelante, la ruta pasa por la shagra “AlpaCum”, donde los esposos Rosalba Cumbalza y Guillermo Alapa han construido un pequeño mundo de biodiversidad: un vivero que multiplica plantas ornamentales y aromáticas junto a una extraordinaria variedad de cultivos. La shagra es un mapa de colores: verdes suaves de las hojas nuevas, morados firmes de las papas nativas, flores que atraen insectos que facilitan la polinización. Todo parece dispuesto para una conversación entre ciencia y costumbre: ¿cómo se asocian las plantas? ¿Qué hace más sano un suelo? ¿Por qué el policultivo reduce riesgos ante heladas? En el relato de Rosalba y Guillermo, cada respuesta está en el hacer cotidiano.
Mujeres lideresas de Yarpuram, el proyecto de agroecoturismo en Cumbal. Foto: CIAT/JL Urrea
Yarpuram no se agota en los recorridos. Crece con gastronomía, artesanías (bolsos y textiles tejidos a mano), muestras de biodiversidad y la producción del cuy (Cavia porcellus), ese roedor andino emblemático, domesticado desde hace siglos y base proteica en muchas cocinas de altura. Aquí, criar cuyes no es un exotismo turístico; es una práctica alimentaria organizada, con corrales limpios, manejo responsable, y una lógica de circularidad: los residuos se compostan, los suelos se enriquecen, las plantas responden mejor.
Demostración del uso del telar para tejer a mano bolsos y otros textiles. Foto: CIAT/JL Urrea
La red que sostiene la resiliencia
La fuerza de esta iniciativa no reside en un sitio aislado, sino en su red. Nueve bancos nodales articulados con el banco principal conforman un sistema robusto de conservación in situ. La lógica es sencilla y poderosa: lo que se guarda, se siembra; lo que se siembra, se come.
Estudiante de la Institución Educativa sostiene en sus manos una de las más de 80 variedades de papa salvaguardadas en el banco de semillas. Foto: CIAT/JL Urrea.
Estudiantes, investigadores, visitantes y miembros de la comunidad reunidos frente a una ofrenda de celebración realizada enteramente con semillas locales. Foto: CIAT/MA Lopez.
La madurez de un proceso así se siente en los pequeños gestos: un estudiante que reconoce una papa solo por su piel; una artesana que tiñe fibras con plantas del vivero; un productor que decide mantener tres variedades en vez de una porque aprendió que el riesgo climático se maneja mejor con diversidad. En la misma tarde, un grupo de visitantes prueba una receta local y aprende que la proteína del cuy complementa la energía de los tubérculos.
Soberanía alimentaria: elegir, cultivar, compartir
La seguridad alimentaria responde a una pregunta urgente: ¿hay suficiente comida? La soberanía alimentaria se atreve a preguntar algo más difícil: ¿quién decide qué se siembra y qué se come? Aquí, esa respuesta no viene de un supermercado ni de un catálogo de semillas comerciales; viene de la casa de semillas, de las shagras y de la conversación entre familias. Elegir cultivar papa criolla en vez de una variedad uniforme, sembrar olluco junto a quinua, preferir el tomate de árbol local frente a la importación, es un acto de soberanía que reordena la economía, acorta cadenas, da valor a lo local, y convierte la biodiversidad en el eje de un desarrollo territorial sostenible.
Al final, este relato no trata solo de semillas, ni de paisajes, ni de proyectos. Trata de una forma de estar en el mundo donde cultivar es una decisión de vida, y donde la ciencia se sienta a la mesa para hacer cuentas claras: cuánto nos queda, cuánto sembramos, cuánto aprendimos, cuánto queremos cuidar.
Y si alguien pregunta qué es una casa de vida, tal vez una respuesta simple baste: es el lugar donde lo que guardamos se convierte en lo que somos. Y donde lo que somos da fuerza para seguir sembrando.
Dedicamos esta historia a nuestra querida colega Marleni Ramírez, fallecida recientemente. Marleni trabajó de cerca por años con la comunidad del Gran Cumbal, donde es recordada con agradecimiento y cariño. Contribuyó con pasión al diseño, la coordinación y logística del viaje que hizo posible esta historia. Su visión, compromiso y humildad seguirán inspirándonos.
Sobre el Proyecto
“Biodiversidad para Ecosistemas Resilientes en Paisajes Agrícolas” (B-REAL, por sus siglas en inglés) es un proyecto que impulsa la conservación de semillas nativas mediante una red de bancos comunitarios y acciones participativas en educación, producción y agroturismo rural. De esta manera, estudiantes, mujeres y autoridades indígenas asumen el rol de guardianes de su biodiversidad. Este proyecto, financiado por el Gobierno de Canadá y liderado por la Alianza de Bioversity International y el CIAT, en colaboración con autoridades y escuelas locales, impulsa la creación de una red de bancos comunitarios de semillas en América Latina, África y Asia. A nivel global, es apoyado por el Programa de Ciencia del CGIAR sobre Paisajes Multifuncionales. En Colombia, B-REAL cuenta con el apoyo de Agrosavia, el Centro Internacional de la Papa (CIP), Fundación Impulso Verde, Fundación Pumamakes y la Institución Educativa Técnica Agropecuaria Indígena Cumbe.