From the Field Cuando la diversidad se encuentra: Cidra papa y chontaduro, dos cultivos con mucho por contar
El chontaduro y la cidra papa forman parte desde hace mucho tiempo de las explotaciones agrícolas y las tradiciones gastronómicas de Colombia, aunque gran parte de su potencial sigue sin explorarse. En un taller de cuatro días celebrado en Palmira, agricultores, guardianes de semillas e investigadores reunieron los conocimientos locales y la ciencia para estudiar cómo estos cultivos podrían enriquecer la alimentación, contribuir a los medios de vida rurales y conservar la diversidad agrícola.
¿Y si algunas de las oportunidades para construir sistemas alimentarios más diversos y resilientes ya estuvieran creciendo en nuestros territorios?
En una cerca, trepando entre otros cultivos, puede estar una cidra papa que una familia ha conservado durante generaciones. En una finca de San José del Palmar, una palma de chontaduro puede formar parte de una historia que permitió a una familia encontrar nuevas oportunidades para vivir del campo.
Son realidades muy distintas. Pero ambas hablan de algo que Colombia posee en abundancia: diversidad.
Durante cuatro días, esa diversidad fue el punto de encuentro entre productores y productoras, guardianes de semillas, investigadores y expertos nacionales e internacionales reunidos en el Campus Las Américas de la Alianza Bioversity International & CIAT, en Palmira, para el taller “Cultivos de oportunidad: Chontaduro y Cidra Papa, Evaluación participativa de variedades con Tricot y Caracterización Nutricional”, realizado en el marco de The Power of Diversity Funding Facility, una iniciativa de Crop Trust, con la participación de la Alianza Bioversity International & CIAT y AGROSAVIA.
El objetivo técnico era ambicioso: diseñar conjuntamente ensayos participativos Tricot y avanzar en el componente nutricional de ambos cultivos, integrando el conocimiento de expertos, investigadores y guardianes de semillas.
Pero pasó algo más.
Durante esos días hubo frutas sobre las mesas, historias familiares, preguntas, degustaciones, ciencia y muchas ganas de aprender. Y quedó claro que conservar la diversidad también significa escuchar a quienes la han mantenido viva.
Cidra papa: la diversidad que estaba ahí
Cidra papa, guatila, chayote. Incluso sus distintos nombres dan pistas de la diversidad cultural que acompaña a este cultivo.
En Colombia suele encontrarse en cercas, traspatios o asociada con otros cultivos. Es de ciclo relativamente corto, requiere pocos insumos y presenta una amplia diversidad genética y morfológica. Sin embargo, continúa siendo un cultivo secundario, con poca presencia en los mercados y escasa visibilidad en las estadísticas agropecuarias.
Y aquí apareció una de las grandes paradojas del encuentro: ¿cómo puede algo tan diverso ser, al mismo tiempo, tan poco conocido?
Buena parte de la respuesta estaba sentada en la misma sala.
Guardianes y guardianas han mantenido esa diversidad durante generaciones, muchas veces sin que exista detrás una expectativa comercial. En el taller se habló de guatilas que crecen junto a plátanos y cítricos, otras que trepan las cercas de las casas y colecciones de numerosas variedades conservadas en una misma finca.
Una de las guardianas contó que las plantas estaban allí desde sus abuelos y tatarabuelos. Con el tiempo comenzó a conocer nuevas variedades, a llevarlas a su finca y a multiplicar sus semillas, de la misma manera que lo hace con fríjoles, auyamas y otros cultivos. Su expectativa ahora es que la cidra papa pueda formar parte de la alimentación cotidiana y, eventualmente, de las economías de sus territorios.
Otro participante lo resumió con una imagen difícil de olvidar: la raíz del chayote no solo sostiene una planta; también “enraíza el tejido social campesino”.
Conservar, sí. Pero también conocer y usar
Hoy, esa diversidad abre nuevas preguntas.
¿Qué diferencias existen entre los materiales? ¿Cuáles características valoran los agricultores? ¿Cuáles los consumidores? ¿Qué atributos nutricionales poseen? ¿Cuáles podrían funcionar mejor para determinados usos o mercados?
Precisamente ahí se encuentran la conservación, la ciencia y el conocimiento de quienes han mantenido estos materiales en sus territorios.
Durante el taller, guardianes y guardianas llevaron sus propias variedades y las pusieron junto a materiales previamente establecidos en CIAT para avanzar en la selección de aquellos que formarán parte de los ensayos Tricot y del componente nutricional.
El intercambio con expertos internacionales agregó otra pieza: la diversidad necesita documentarse y vincularse con el territorio, mientras que sus atributos nutricionales y potenciales usos deben comunicarse con evidencia y responsabilidad.
Esto cobra especial importancia porque actualmente Colombia no cuenta con un banco de germoplasma de cidra papa/chayote. Como parte del proceso, AGROSAVIA prevé realizar colectas que contribuyan a establecer una colección, mientras se avanza en caracterizar la diversidad existente y comprender cómo puede aportar a productos y mercados diferenciados.
Chontaduro: cuando un cultivo transforma un territorio
La historia del chontaduro parte de otro lugar.
En San José del Palmar, Chocó, ya existe una economía alrededor de este fruto. Durante el encuentro, un productor relató que el municipio cuenta con más de 250 productores y que el área cultivada pasó, según su testimonio, de alrededor de 100 hectáreas a entre 1.200 y 1.300 hectáreas en poco más de una década.
Pero detrás de esas cifras hay historias personales.
Uno de los momentos más conmovedores del taller llegó cuando un productor explicó lo que el chontaduro ha significado para su territorio. Según relató, familias que anteriormente dependían de la economía de la coca encontraron en este cultivo otra fuente de ingresos. Para él, fortalecer el chontaduro significa también mantener abierta la posibilidad de vivir del campo y permanecer en él.
Ese crecimiento también trae preguntas nuevas.
Los productores hablaron abiertamente sobre plagas, manejo agronómico, uso de agroquímicos, comercialización y la necesidad de avanzar hacia transformación y agregación de valor. Y los acontecimientos recientes hicieron todavía más visible esa vulnerabilidad: tras el sismo de agosto, productores señalaron dificultades para comercializar la cosecha y la necesidad de contar con alternativas de transformación que permitan aprovechar el fruto cuando el mercado fresco se contrae.
Por eso, hablar de potenciar el chontaduro no significa simplemente producir más. Significa preguntarse cómo fortalecer una cadena que ya genera oportunidades sin perder de vista la diversidad, las condiciones ambientales y las personas que dependen de ella.
¿Y cuál chontaduro preferimos?
Para responder algunas preguntas, había que hacer algo bastante sencillo: probarlo.
Durante uno de los ejercicios más animados del encuentro, los participantes realizaron una degustación a ciegas utilizando Tricot. Compararon morfotipos y ecotipos de chontaduro amarillos, naranjas, rojos y verdes y evaluaron características como sabor, textura, color y preferencia general.
Después, los datos fueron cargados en ClimMob y el grupo pudo observar los resultados, completando en una misma jornada el ciclo de evaluación participativa.
El ejercicio mostró de manera muy concreta algo que atravesó todo el taller: la diversidad adquiere nuevas posibilidades cuando empezamos a comprender qué características importan, para quién y para qué.
Y Tricot permite llevar esa pregunta más allá de una sala de reuniones. Los protocolos que se están construyendo buscan incorporar el conocimiento y la experiencia de los participantes para posteriormente realizar evaluaciones en campo.
La ciencia también empieza escuchando
Quizá una de las imágenes más bonitas de esos cuatro días no estuvo en ninguna presentación.
Estuvo en las conversaciones.
Investigadores preguntando a agricultores. Productores comparando experiencias con expertos. Guardianes poniendo sobre la mesa materiales que han conservado durante años. Personas de instituciones y territorios diferentes reuniéndose alrededor de un fruto, probándolo, tocándolo y preguntándose qué podían aprender unas de otras.
Desde el comienzo hubo una intención explícita de evitar que la academia ocupara un lugar privilegiado frente al conocimiento de productores y guardianes. El espacio fue concebido para conversar, debatir y reconocer el valor de las distintas formas de conocimiento.
Y eso importa especialmente cuando se habla de cultivos de oportunidad.
Durante las conversaciones apareció una advertencia importante: desarrollar nuevas cadenas de valor no debería significar reemplazar la diversidad por sistemas que privilegien únicamente aquello que demanda el mercado. Para las redes de guardianes, conservar significa mantener la diversidad en su conjunto y en los sistemas productivos y territorios donde existe.
De ahí surgió una pregunta mucho más grande que cualquiera de los dos cultivos: ¿qué agricultura queremos construir alrededor de esta diversidad?
Una agricultura capaz de generar alimentos e ingresos, sí, pero también de reconocer conocimientos locales, conservar agrobiodiversidad y responder a las particularidades de cada territorio. Esa discusión quedó planteada como uno de los aprendizajes que deberán acompañar las siguientes etapas del trabajo.
Lo que sigue creciendo
El taller no terminó con una degustación ni con una fotografía de grupo.
Terminó mirando hacia adelante.
Los equipos trabajaron en protocolos, decisiones de selección, calendario de colectas, próximas pruebas de consumo y una hoja de ruta que continuará durante 2026 y 2027.
Porque ni la cidra papa ni el chontaduro cuentan todavía toda su historia.
Uno conserva una diversidad enorme que durante mucho tiempo ha permanecido en los márgenes de los sistemas alimentarios. El otro demuestra cómo un cultivo puede convertirse en una fuente importante de ingresos para un territorio, mientras enfrenta nuevos desafíos para hacer sostenible ese crecimiento.
Los dos, sin embargo, dejan una enseñanza común: la biodiversidad no es únicamente algo que conservamos. Es algo que podemos conocer, cultivar, compartir, probar y valorar.
Y quizá ahí esté una parte de su enorme potencial frente a un clima cambiante: en contar con mayor diversidad de cultivos y materiales, comprender cómo responden en diferentes territorios y hacerlo sin separar la innovación de las personas que los han cultivado y conservado durante generaciones.
Durante cuatro días en Palmira se sintió precisamente eso: mucha ciencia, sí, pero también curiosidad, generosidad y un cariño genuino por estos cultivos.
Porque cuando la diversidad se encuentra con conocimiento, territorio y personas dispuestas a aprender unas de otras, empiezan a crecer posibilidades nuevas.
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