From the Field Cazando a la bruja: una expedición científica en Guayana Francesa
En 2024, tres investigadores de la Alianza Bioversity y el CIAT llegaron a Guayana Francesa tras una señal de alerta: la escoba de bruja, una enfermedad devastadora de la yuca podría haber cruzado el océano. Esta es la historia de la expedición para cazar a la bruja.
Durante mucho tiempo, las brujas fueron figuras de superstición, atrapadas entre el miedo popular y la imaginación. Algunos juraban haberlas visto, pero casi siempre vivían en relatos distorsionados y cuentos de fantasía.
Sin embargo, cuando Juan Manuel Pardo, aún sin salir del carro y desde el asiento del copiloto, miró a lo lejos las plantas de yuca, no titubeó: “estoy totalmente seguro de que es escoba de bruja”, dijo con la certeza de un cazador experimentado. Así comenzó la expedición para cazar a la bruja por primera vez en Sudamérica, en los campos remotos de Guayana Francesa.
Día 1: ¿Cómo se caza una bruja en el siglo XXI?
En 2023, agricultores de yuca en zonas remotas de la Guayana Francesa observaron cómo sus cultivos se marchitaban. Arrancaban tallos deteriorados del suelo y, en lugar de encontrar grandes racimos de yuca, hallaban apenas raíces del tamaño de zanahorias. Las agencias locales (FREDON en la Guayana Francesa y Rurap en Brasil) informaron sobre la magnitud del problema a los organismos oficiales de investigación agrícola que trabajan en la región y, en 2024, investigadores de la Alianza emprendieron una expedición científica para responder una sola pregunta: ¿había llegado la bruja al continente?
El viaje desde Colombia hasta Guayana Francesa fue largo y agotador: 27 horas, cuatro vuelos y tres países. El clima tropical y húmedo se sentía en la piel, colándose en los poros y formando una segunda capa: pegajosa, densa, como si la selva, que conforma el 80% del país, se aferrara al cuerpo. Aunque geográficamente pertenece a América del Sur, Guayana es un territorio de ultramar de Francia que limita con la Amazonía brasileña y Surinam. No es de sorprenderse que la bruja haya decidido esconderse allí, en el último rincón del continente.
A las 4 de la mañana los colegas de FREDON junto con el equipo de la Alianza ya estaban en pie. Juan Manuel Pardo, Alejandra Gil-Ordóñez y Wilmer Cuéllar se pusieron las botas y, con la presión del reloj, salieron a cazar brujas en el campo. Tenían apenas cuatro días para hacer todo: recolectar muestras, analizarlas, presentar los hallazgos y regresar.
Plantas con distintos grados de afección por escoba de bruja.
Diseño creado por Ximena Hiles / Alianza Bioversity CIAT
Cuando llegaron al campo después de cuatro horas de camino, el sol ya estaba en su punto máximo. Un cultivo de yuca que, a simple vista, parecía normal, se transformó en una cacería frenética.
Habían recorrido suficientes campos en Asia, donde la enfermedad fue identificada por primera vez en 2008, como para identificar a la bruja por su aspecto: la forma en que las plantas se deforman, su crecimiento anormal, las ramas enanas que parecen escobas… Desde principios de 2020, el equipo de protección de cultivos de la Alianza, junto con socios internacionales, ha trabajado en la identificación y el manejo de la escoba de bruja en el sudeste asiático. En 2022, Wilmer se mudó por cuatro meses al Sudeste Asiático, donde pudo entender mejor el problema y desde donde dirigió al equipo que, gracias a una mezcla de fitopatología clásica y secuenciación moderna de ADN, logró esclarecer uno de sus muchos misterios: el verdadero responsable era un hongo con nombre y apellido: Ceratobasidium theobromae.
Aun así, los investigadores barrieron el campo de inicio a fin, recolectando muestras aleatorias de las plantas en Guayana Francesa. "Es la primera vez que veo este síntoma en esta parte del mundo", afirmó Juan Manuel Pardo, microbiólogo y fitopatólogo del equipo. Lleva más de una década tratando de entender la escoba de bruja, una persecución que también lo llevó primero al sudeste asiático, donde en países como Laos, Camboya, Vietnam y Tailandia la enfermedad ha alcanzado incidencias de hasta el 90% en algunas regiones, afectando gravemente la producción de yuca.
Día 2: El ADN de la bruja
La bata celeste, delgada y translúcida les cubría como una segunda capa de ropa. Guantes puestos, concentración absoluta: una batalla silenciosa y microscópica para desenmascarar a la bruja.
Mientras se aseguraban de tener todo en orden para revelar el ADN de la bruja, se dieron cuenta de que faltaba algo esencial: nitrógeno líquido. Tenían todo lo demás: las muestras del campo, el protocolo con cada paso del procedimiento, la emoción. Todo, menos eso. Sin nitrógeno no se podía congelar el tejido, no se podía triturar, no se podía extraer el ADN. Nada podía avanzar.
Por un momento, la misión entera quedó en suspenso. Si no lo conseguían a tiempo, la expedición - días de viaje, esfuerzo y planificación - podía venirse abajo. Reorganizaron tareas. Revisaron protocolos. Esperaron.
Cuando por fin llegó, hirviendo en frío, cubierto de vapor blanco, la jornada comenzó. “El nitrógeno líquido es como freír a la inversa”, dijo alguien. No calienta, pero congela tan rápido y con tanta violencia que quema. A -196 °C, lo detiene todo: la actividad de las enzimas, la descomposición celular, la degradación del ADN...
La escena era casi quirúrgica. Alejandra Gil, investigadora y bioinformática, estaba al frente del procedimiento. Precisa, metódica. Juan Manuel la asistía y juntos, tarareaban una canción que rompía el silencio técnico del lugar. Desde el fondo, Wilmer observaba como un médico tras bambalinas, asegurándose de que el protocolo diseñado en el Sudeste Asiático se siguiera al pie de la letra.
Las muestras tomadas en campo el día anterior eran congeladas con nitrógeno líquido y luego trituradas, hasta convertirse en un polvo fino. A partir de ahí, empezaba la verdadera extracción: romper células y liberar el ADN. Y el proceso, repetido para todas las muestras, tenía que ser rápido, antes de que el nitrógeno líquido se evapore.
Después de seis horas largas el ADN había sido finalmente extraído. Llegaba el turno de la PCR (reacción en cadena de la polimerasa), una técnica que permite copiar millones de veces un fragmento muy pequeño de material genético. Así, lo invisible se vuelve visible. Si la bruja estaba allí, escondida entre los genes, la PCR la obligaría a salir a la luz.
Día 3: El momento de la verdad
La humedad de Cayena, la capital de Guayana no daba tregua. Y no era solo el clima lo que hacía transpirar al equipo de investigadores: ahora era la ansiedad por conocer el resultado. llevaban dos días trabajando al límite.
La jornada avanzaba con ritmo quirúrgico. Entre tubos, micropipetas y reactivos se sentía la carga emocional del momento. A esa altura del viaje, el cansancio físico era evidente, pero la concentración seguía intacta.
El momento más intenso llegó con la electroforesis de los productos de la PCR de diagnóstico, una técnica que permite saber si el ADN extraído pertenece al mismo patógeno hallado en el sudeste asiático
Para eso, el equipo había diseñado una llave molecular: una secuencia específica que solo sirve para abrir una puerta muy particular, la del ADN de Ceratobasidium theobromae. Es como intentar abrir una puerta con una llave hecha a la medida. Cada organismo tiene la suya, y el diagnóstico es el intento de abrirla. Si la llave es la correcta, la puerta se abre. Y una banda aparece.
En el gel pueden verse varias bandas. Pero si una de ellas surge justo en la posición esperada, significa que la llave funcionó. Que el ADN de la bruja está en la muestra.
Y eso fue lo que ocurrió. Una señal precisa, nítida, en el lugar exacto.
Todavía faltaba verla al microscopio, secuenciarla por completo. Pero algo había cambiado.
La bruja ya no era una sospecha ni un mito. Era una presencia. Una realidad.
Día 4: ¿La bruja había cruzado el océano?
Para el investigador Juan Manuel, Cayena es sorprendente – y sospechosamente- parecida a Vietnam. No solo por sus edificios bajos de una o dos plantas, con techos inclinados de chapa metálica color marrón cobrizo, sino porque en ambos lugares habita la misma amenaza: la bruja.
Lo de los techos no es solo estética: están diseñados para resistir lluvias intensas calor denso y una humedad constante. “Es el clima perfecto para la enfermedad”, había comentado Juan Manuel el primer día de campo. Todo parecía conspirar a favor del patógeno. Una coincidencia que sonaba a advertencia desde el inicio.
Equipo
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