Research Articles Bosques y seguridad alimentaria en la Amazonia: lo que un nuevo estudio nos obliga a mirar detenidamente

En la Amazonia, la palabra “comida” casi nunca se refiere solo a comida. A veces es un pescado que llega cuando el río crece y se desborda. A veces es una yuca que se salva de la inundación. A veces es un racimo de plátano que aguanta unas semanas más, o una caminata larga para encontrar lo que el monte todavía ofrece. Y, cada vez con más frecuencia, “comida” también es un precio: lo que cuesta el arroz en la tienda, lo que vale el aceite cuando el transporte se retrasa, lo que se puede comprar cuando el efectivo no alcanza.

Esa mezcla (bosque, río, chagra, mercado) es difícil de capturar con una sola cifra. Por eso, cuando hablamos de seguridad alimentaria, decir “hay” o “no hay” se queda corto. La seguridad alimentaria tiene varias caras: que haya alimentos disponibles, que se pueda acceder a ellos, que se puedan aprovechar nutricionalmente y que todo eso se sostenga en el tiempo, incluso cuando cambia la estación. Eso es lo que hace que medirla sea tan complejo… y tan urgente.

Un estudio liderado por investigadores de la Alianza y publicado en Food Security aborda esa complejidad con una pregunta tan simple como imperiosa: ¿vivir más cerca del bosque hace a un hogar más seguro frente a la incertidumbre alimentaria? La respuesta breve del equipo es “sí, pero no siempre del mismo modo”. La respuesta completa es más interesante: el efecto depende de la calidad del bosque, de la cultura alimentaria y de si se está en época de lluvias o de seca. Y lo dicen con datos de hogares indígenas y mestizos en dos lugares donde el bosque todavía marca el ritmo de la vida: La Pedrera (Amazonas, Colombia) y Ucayali (Perú).

Ubicación de las dos áreas de estudio en Colombia y Perú. En sombreado rojo, el bioma amazónico. Fuente: Wikimedia Commons

La historia de esta investigación podría empezar con un mapa (y de hecho lo hace), pero en el fondo comienza con algo más cotidiano: el tiempo. El tiempo que toma llegar al bosque, volver con algo útil, procesarlo, cocinarlo. El tiempo que se estira cuando llueve y los caminos se vuelven barro, o cuando la corriente del río obliga a rodear. Ese tiempo, que para las familias es parte de la vida, para la investigación se convirtió en una pieza clave: una manera de aproximarse al “acceso al bosque” sin confundirlo con otras cosas, como la riqueza del hogar o decisiones previas sobre dónde vivir. En términos técnicos, el estudio usa el tiempo promedio de viaje al bosque como una estrategia estadística para aislar mejor el efecto del bosque sobre la seguridad alimentaria; en términos humanos, usa el tiempo como una frontera real entre tener y no tener.

El equipo no se conformó con una sola foto del problema. Midió dos veces, en dos estaciones, porque la Amazonia cambia. Con encuestas a hogares en temporada seca y lluviosa, construyó un índice con cuatro dimensiones de seguridad alimentaria: disponibilidad, acceso, utilización y estabilidad. En La Pedrera, el trabajo cubrió una fracción enorme del territorio: alrededor de 60–70% de los hogares estimados. En Ucayali, el estudio recorrió nueve comunidades, combinando tres comunidades indígenas Shipibo-Conibo y seis comunidades mestizas, lo suficiente para ver patrones y también diferencias.

Hasta aquí podría sonar como “otro estudio más” sobre bosque y bienestar. Pero lo que lo vuelve novedoso es la forma en que enfrenta tres problemas típicos de este tipo de preguntas. Primero, la estacionalidad: muchos análisis se quedan con una medición anual o transversal que aplana la realidad. Segundo, la endogeneidad: si un hogar está mejor, ¿vive más cerca del bosque por elección o el bosque lo hace estar mejor? Tercero, la heterogeneidad cultural y territorial: asumir que “la Amazonia” es una sola cosa suele ser el atajo más rápido hacia conclusiones equivocadas. Este artículo intenta no tomar esos atajos.

Lo que encuentra es una historia de contrastes: En La Pedrera, donde el bosque sigue siendo dominante y la degradación es menor, los hogares indígenas que viven cerca de bosque menos degradado muestran mayor seguridad alimentaria. No es un romanticismo del “bosque proveedor”, es una combinación concreta: prácticas tradicionales que siguen vigentes, biodiversidad que sostiene una canasta amplia de alimentos, y una relación con el territorio en la que el bosque no es solo un fondo verde sino una despensa viva, un espacio de aprendizaje y un sistema de soporte. Allí, estar cerca del bosque sí parece funcionar como un “seguro” alimentario, especialmente cuando el acceso al mercado es limitado.

En Ucayali, la trama cambia. La cercanía al bosque ayuda menos, y además lo hace de forma desigual. En comunidades mestizas, más integradas al mercado, la dieta y el acceso a alimentos dependen en mayor medida de compras, de transporte, de precios. Eso no significa que el bosque no importe: significa que compite con otros factores que pesan más en el día a día. Entre los Shipibo-Conibo, el bosque y el río siguen sosteniendo una parte importante de la dieta y la diversidad alimentaria, pero aun así el efecto no es un calco de lo que ocurre en La Pedrera. El estudio muestra que no basta con decir “más bosque = mejor”; hay que preguntar “¿qué bosque?”, “¿para quién?”, “¿en qué estación?”, “¿en qué economía local?”.

Y ahí aparece uno de los hallazgos más útiles del artículo: la calidad del bosque pesa tanto como la distancia. Estar cerca de un bosque degradado (con menos diversidad o menos abundancia) no ofrece los mismos beneficios. Dicho sin tecnicismos: no es lo mismo vivir al lado de una biblioteca llena que al lado de una biblioteca vacía. La proximidad por sí sola no garantiza seguridad alimentaria; la integridad ecológica amplifica o reduce lo que el bosque puede aportar.

La estación también mueve el tablero. En crecientes y lluvias, cambian las oportunidades y los riesgos: pesca, recolección, movilidad, tiempos de viaje. En seca, cambian otras cosas: accesos, disponibilidad, esfuerzos. El estudio confirma que la contribución del bosque a la seguridad alimentaria no es uniforme entre lluvias y seca, y eso tiene una implicación directa para políticas públicas y programas: medir una sola vez puede esconder vulnerabilidades temporales que, para las familias, son las que más duelen.

¿Por qué importa todo esto ahora? Porque el contexto regional no espera. El propio artículo recuerda que Ucayali ha vivido transformaciones aceleradas por deforestación , y menciona que, entre 2001 y 2018, Perú perdió alrededor de 2,2 millones de hectáreas de bosque amazónico, con Ucayali entre las zonas más afectadas, bajo presiones como la expansión de palma y cacao. Cuando el bosque se reduce o se degrada, no solo se pierde “naturaleza”: se adelgaza una capa de protección alimentaria que, en muchos hogares, se activa justamente cuando otras fuentes fallan.

El valor del estudio, entonces, no está únicamente en demostrar que el bosque puede mejorar la seguridad alimentaria. Está en mostrar que esa mejora no es automática, que depende de condiciones sociales y ecológicas concretas, y que por eso las soluciones simplistas suelen fallar. Conservar bosque sin mirar cultura alimentaria puede quedarse corto. Mejorar acceso a mercados sin cuidar la base ecológica puede reemplazar diversidad por calorías baratas y vulnerables al precio. Y planificar sin estacionalidad puede diseñar programas que llegan tarde o llegan cuando ya pasó la ventana de oportunidad.

El trabajo nace del proyecto ASSETS, financiado por la iniciativa Ecosystem Services for Poverty Alleviation (ESPA) research programme del Reino Unido, y trae algo que a veces falta en los debates: una evidencia capaz de dialogar con decisiones reales de ordenamiento, conectividad y diseño de intervenciones. Incluso su manera de medir el “acceso” al bosque conversa directamente con lo que un planificador territorial o una autoridad local entiende: infraestructura, distancias, accesibilidad, barreras naturales.

Si uno tuviera que quedarse con una imagen final, quizá no sea la de un gráfico o una tabla, sino la de una balanza invisible: de un lado, el bosque como fuente directa de alimentos y estabilidad; del otro, el mercado como promesa de variedad y acceso… pero también como exposición a riesgos. El equilibrio no es el mismo en La Pedrera que en Ucayali, ni entre hogares indígenas y mestizos. Esa es la lección más humana del estudio: la seguridad alimentaria no es un promedio, es una experiencia situada.

Este tipo de evidencia puede ampliarse y ayudar a más comunidades si se convierte en práctica: monitorear seguridad alimentaria de forma estacional, incorporar calidad del bosque (no solo cobertura), diseñar programas “pro bosque y pro dieta” que fortalezcan lo local sin aislarlo del mercado, y evaluar cómo carreteras, puertos y conectividad cambian la dieta, no solo el ingreso. No se trata de idealizar el bosque ni de demonizar el mercado; se trata de entender, con precisión y respeto cultural, cuándo uno protege al otro… y cuándo lo desplaza.

Equipo