Research Articles Aprender a leer el clima que no cae del cielo
Una familia cafetalera en las montañas de Honduras probablemente nunca ha oído hablar de la bolsa de Chicago. Aun así, lo que su cosecha vale y lo que su fertilizante cuesta se decide, en buena parte, allá, entre el precio de referencia de los granos, el dólar y la curva del petróleo. Esas fuerzas llegan a la finca sin previo aviso.
Con esa idea dándome vueltas pasé dos días de agosto en Denver, en el simposio anual de investigación del J.P. Morgan Center for Commodities de la Universidad de Colorado Denver, que reunió a economistas, científicos de materiales, operadores de bolsa y comerciantes de trigo y petróleo. Fui a presentar un barómetro de alerta temprana para los mercados agrícolas, esperando escuchar temas ajenos a nuestras preguntas del día a día, y volví convencido de lo contrario, pues en esa sala se habló todo el tiempo de agricultura, aunque casi nadie la nombrara.
Los mercados solo miran lo que tienen al frente
Varios estudios presentados en el simposio coincidieron en algo incómodo. Investigadores de la Universidad de Hunan mostraron que una sequía en China solo mueve con fuerza los precios del arroz si golpea durante el llenado de grano, esas pocas semanas en las que la planta traslada sus reservas a la espiga y define el peso final de la cosecha; si la sequía llega antes o después, el mercado apenas lo registra. En el cinturón maicero de Estados Unidos, los operadores ignoran los pronósticos de lluvia a dos semanas y reaccionan solo a los de los próximos días. “Los mercados ponderan la información exactamente tanto como la novedad lo merece”, defendió el economista Nicolás Merener. Y en el mercado europeo de carbono, los inversionistas pagan caro por protegerse de una caída de precios, pero venden tranquilos la protección frente a una subida.
La regla que une estas historias es simple e inquietante, y es que lo cercano y específico se cotiza, mientras que lo lejano y general no encuentra quien lo mire. Y aquel que trabaja en clima sabe que los riesgos más graves son, precisamente, los lejanos y generales.
Los precios ya no mandan solos
La segunda lección es que los precios no rigen la producción, como dicen los libros de texto. Con datos de pozos individuales, un estudio de la Universidad de Georgetown mostró que las petroleras estadounidenses que cotizan en bolsa dejaron de perforar más cuando los precios subieron, porque sus inversionistas premian la contención y castigan la expansión, incluso cuando hacerlo sería rentable. Si el ánimo de los inversionistas puede detener pozos petroleros rentables, vale preguntarse qué está haciendo, sin que lo veamos, con las decisiones sobre tierra, agua y cultivos.
Las instituciones también corren por detrás. Fred Seamon, de CME Group, la empresa que opera las bolsas de Chicago, donde se fijan los precios de los granos del mundo, contó que el grupo introdujo dos veces contratos nuevos para reflejar el nuevo mapa del comercio agrícola —Brasil ya desplazó a Estados Unidos como proveedor decisivo de soya y carne de res— y en ambas ocasiones los operadores regresaron al viejo referente de Chicago en menos de dieciocho meses. La moraleja del simposio cabe en una línea: la confianza es la materia prima más escasa de cualquier mercado, por lo que las herramientas nuevas solo sobreviven cuando se apoyan en algo que la gente ya conoce y respeta.
Una alerta temprana para la agricultura
Aquí entra el trabajo de la Alianza. El barómetro que presenté se construye con las mismas señales financieras que los operadores miran a diario y, aplicado hacia atrás, detectó la tensión acumulándose en los mercados de monedas, energía y granos meses antes de que la invasión de Rusia a Ucrania disparara los precios de los alimentos en el primer semestre de 2022. Sus usuarios naturales no son los bancos sino las cooperativas, los prestamistas rurales y los ministerios que acompañan la planificación agrícola. La parte más difícil de construirlo no es la matemática sino la traducción, ese oficio de convertir una señal de mercado en una frase que una familia productora pueda usar mientras todavía hay tiempo para tomar decisiones más informadas.
Esa es exactamente la apuesta de la estrategia 2026-2030 de la Alianza, que se propone conservar la mayor diversidad posible de cultivos, llevar inteligencia climática y de mercado a los agricultores a tiempo, construir mercados que funcionen para quienes producen los alimentos y poner evidencia creíble en manos de quienes los financian. La volatilidad ya no es una interrupción de los tiempos normales sino el medio en el que trabajaremos. Prepararse antes del próximo golpe, y no después, es toda la diferencia.
¿Qué sigue?
Seguiremos afinando el barómetro con socios en América Latina y buscando el formato —una mesa de trabajo, una radio local, una cooperativa— que lleve la señal hasta quien la necesita. Si quiere conocer la visión completa, lea la nueva estrategia de la Alianza; si trabaja con organizaciones de productores y le interesa pilotar la herramienta, encuentre aquí la metodología y contáctenos.
