From the Field Innovar desde la empatía: el poder del diseño centrado en los seres humanos aplicado a la agricultura digital y climáticamente resiliente
En la agricultura, la verdadera innovación no empieza con la tecnología, sino con las personas. Escuchar, comprender y co-crear con ellas es el punto de partida del diseño centrado en el ser humano (DCH), un enfoque que la Alianza Bioversity y el CIAT ha convertido en una herramienta estratégica para transformar la ciencia en soluciones sostenibles, adaptadas al territorio y con impacto real en la vida rural.
El DCH, o Human-Centered Design, como se conoce en inglés, es un enfoque de trabajo que pone a las personas en el centro de los procesos de investigación e innovación. Significa diseñar “con” las personas, no “para” ellas, reconociendo que son ellas quienes mejor conocen sus contextos, desafíos y posibilidades. En lugar de partir de hipótesis o modelos predefinidos, el diseño se construye desde las voces de quienes experimentan en carne propia los efectos del cambio climático: personas agricultoras, técnicas, asociaciones, comunidades rurales, etc.
Para Emmanuel Zapata-Caldas, investigador de la Alianza Bioversity y el CIAT, este cambio de paradigma redefine lo que entendemos por innovación:“Una innovación efectiva no se mide por cuán compleja sea desde el punto de vista técnico, sino por qué tan fácilmente es comprendida, utilizada y apropiada por las comunidades.”
El DCH propone un puente entre la ciencia y la realidad. En lugar de resultados que terminan en informes y herramientas que no son ampliamente usadas una vez finaliza un proyecto, abre un proceso de ida y vuelta en el que la empatía se convierte en evidencia, y la participación, en garantía de adopción. Cada paso del proceso fortalece la pertinencia del conocimiento y amplía su impacto, asegurando que las soluciones científicas se mantengan vivas y útiles más allá de la duración de un proyecto.
En la Alianza Bioversity-CIAT, este enfoque se concreta en el ciclo DCH. Inspirado en el Design Thinking (o pensamiento de diseño, en español, el ciclo invita a los equipos científicos a mirar más allá del laboratorio y acompañar a las comunidades desde la identificación de problemas hasta el escalamiento de soluciones. En cinco etapas interconectadas: examinar, explorar, crear, implementar y escalar, el proceso integra saberes técnicos y locales, generando aprendizajes que retroalimentan cada fase. Así, la innovación deja de ser un producto estático y se convierte en un proceso evolutivo que crece junto con las personas que lo hacen posible.
A diferencia de los enfoques tradicionales, el DCH no busca imponer innovaciones tecnológicas, sino co-generar conocimiento útil y adoptable. En este enfoque, cada fase retroalimenta la siguiente, generando un aprendizaje continuo que permite ajustar y fortalecer las intervenciones.
El detalle de cada fase se describe a continuación:
1. Examinar: permite comprender los desafíos reales, no los supuestos. Se identifican los problemas u oportunidades junto a las comunidades, contrastando la mirada técnica con la experiencia local.
2. Explorar: es clave para profundizar los conocimientos del contexto social, económico y climático. Se hace a través de la investigación de usuario, entrevistas, talleres o grupos focales, para descubrir cómo perciben las personas los desafíos, qué soluciones podrían ser viables y cuál es el entorno habilitante de las personas.
3. Crear: se implementa para co-diseñar y prototipar soluciones con las personas, quienes no solo prueban la funcionalidad de la solución, sino que ayudan a dar forma a los productos o servicios.
4. Implementar y probar: permite llevar los prototipos al terreno y validar su comprensión, utilidad y efectividad.
5. Incrementar: es la fase en la que se lanzan formalmente los productos para su uso real, se refinan (a partir de ejercicios de monitoreo y evaluación) y escalan a otras poblaciones y lugares.
Ciclo de diseño implementado en la Alianza Bioversity-CIAT
A la fecha, en Latinoamérica contamos con resultados concretos de la aplicación de este enfoque en territorios donde la ciencia se une con la vida cotidiana. En Guatemala, por ejemplo, el DCH fue aplicado para rediseñar servicios climáticos. En particular, boletines agroclimáticos dirigidos a personas productoras. La iniciativa partió de un diagnóstico claro: aunque existía información climática valiosa, su lenguaje y formato la volvían inaccesible para quienes más la necesitaban. Los boletines, normalmente cargados de tecnicismos y gráficos complejos, no conectaban necesariamente con la realidad y contextos rurales en los que viven las personas agricultoras. Ver más en la investigación Lecciones aprendidas sobre la aplicación del diseño centrado en el humano para la generación y difusión de servicios agroclimáticos en Guatemala.
El equipo de investigación cambió entonces su mirada. En lugar de seguir perfeccionando los instrumentos técnicos, decidió escuchar. A través de entrevistas y talleres, se descubrió que muchas personas agricultoras recibían la información por WhatsApp y Facebook, pero los archivos eran pesados o difíciles de entender. Esta escucha activa dio origen a un rediseño profundo: los boletines pasaron a formatos ligeros, visuales y comprensibles, con íconos claros y recomendaciones prácticas. Cada versión fue validada directamente con las comunidades antes de ser difundida.
El impacto fue inmediato. Los boletines comenzaron a circular con agilidad, las familias rurales empezaron a aplicar la información en sus decisiones de siembra y cosecha, y las recomendaciones se convirtieron en prácticas concretas de adaptación climática. El lenguaje científico se tradujo en mensajes que resonaban con la experiencia del campo, fortaleciendo la confianza y la apropiación local.
Lo que inició como un piloto en Chimaltenango a la fecha se replicó en Santa Rosa y Zacapa, mostrando cómo el conocimiento puede escalar de forma orgánica cuando se construye desde la empatía. La adopción, en este sentido, comienza cuando la ciencia aprende a hablar el mismo idioma que las comunidades.
Este caso reveló que el DCH, no solo mejora la pertinencia y comprensión de los productos científicos, sino que también fortalece la resiliencia climática de los territorios. Las personas agricultoras que participaron en el co-diseño, no solo comprendieron mejor la información climática, sino que también se convirtieron en multiplicadores del conocimiento, compartiendo los boletines comunitarios entre sus redes de contactos. Lo que se diseñó colectivamente se sostuvo colectivamente.
Esa relación entre diseño, sostenibilidad y escalamiento es esencial. Cuando una solución nace del diálogo con las personas, no solo se adopta: se transforma, se adapta y se multiplica. Por eso, el DCH integra en su última fase la noción de “Incrementar”, que no consiste únicamente en escalar, sino en refinar y fortalecer lo que ya funciona. Este principio permite que las innovaciones mantengan su relevancia mientras crecen, evitando que se impongan de forma ajena a los contextos locales.
“El diseño centrado en las personas impacta positivamente el escalamiento porque asegura que el producto refleja las necesidades reales de los usuarios y se adapta a su contexto. Así, cuando una solución se expande, no se impone: evoluciona junto con las personas que la hicieron posible”, explica Emmanuel Zapata-Caldas.
Imágenes de la participación de Emmanuel Zapata Caldas en el panel sobre tecnologías digitales para el desarrollo y distribución de servicios climáticos durante la Semana de la Agricultura Digital del IICA
El DCH, al crear conocimiento co-construido, promueve que las comunidades se conviertan en custodias del cambio. Lo que se diseña con ellas se mantiene gracias a ellas, y esa es la base de la sostenibilidad: soluciones que trascienden los proyectos porque están ancladas en la vida cotidiana y en las capacidades locales.
Además, el enfoque aporta un valor adicional a la investigación agrícola: genera evidencia social. Cada fase del proceso, desde la observación hasta la validación, produce datos sobre percepciones, comportamientos y decisiones, ampliando la comprensión científica sobre cómo las personas se adaptan al cambio climático. Este aprendizaje, a su vez, retroalimenta políticas públicas y orienta nuevas líneas de investigación, demostrando que el conocimiento participativo no solo transforma el territorio, sino también la manera en que hacemos ciencia.
Esta visión se posicionó con fuerza durante la Semana de la Agricultura Digital 2025 (SAD 2025), organizada por el IICA en Costa Rica, donde la Alianza Bioversity y CIAT compartió sus experiencias aplicando el DCH en el desarrollo de servicios climáticos. Durante su intervención, Emmanuel Zapata-Caldas destacó cómo la empatía y la colaboración pueden potenciar la agricultura digital:
“Una innovación que no tiene sentido para la persona agricultora no será usada. Por eso, diseñamos desde su realidad, no desde la oficina.”
Su participación marcó un hito al poner sobre la mesa una reflexión clave: la agricultura digital solo será transformadora si también es humana. Integrar el diseño centrado en las personas en la investigación y la innovación no es una tendencia, sino una necesidad para garantizar la inclusión digital, la sostenibilidad de los proyectos y la efectividad de las herramientas agroclimáticas en América Latina.
En un mundo donde el cambio climático redefine las reglas del juego, la ciencia tiene la responsabilidad de escuchar y aprender de quienes viven en la primera línea de sus efectos. El DCH ofrece una ruta para hacerlo: conecta la investigación con las realidades del territorio, traduce la evidencia en acción y construye resiliencia desde la colaboración.
Cada experiencia en campo, como la de Guatemala, demuestra que cuando la ciencia se diseña con empatía, su impacto se multiplica. Los servicios climáticos dejan de ser simples pronósticos para convertirse en instrumentos de acción climática y empoderamiento rural. Las comunidades no solo se adaptan, sino que lideran los procesos de cambio.
En última instancia, el diseño centrado en el ser humano nos recuerda que la verdadera innovación para la Acción Climática nace del diálogo: de científicos que escuchan, de comunidades que comparten sus saberes y de soluciones que se construyen junto a quienes enfrentan día a día los efectos del cambio climático. Porque en los territorios rurales, la empatía no es solo un enfoque metodológico: es el punto de partida para impulsar transformaciones sostenibles y resilientes.
Frente a los desafíos climáticos y la necesidad de transformar los sistemas agroalimentarios, la tecnología por sí sola no es suficiente. La Acción Climática requiere colaboración, escucha activa y procesos de co-creación que conecten la ciencia con las realidades de las personas agricultoras. El diseño centrado en el ser humano permite desarrollar soluciones con impacto real, capaces de fortalecer la resiliencia, promover la adaptación climática y generar cambios sostenibles y escalables en los territorios.
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